Momento tristón y sobre las Fiestas del Pilar.
Yo sigo con mi momento tristón, es mi fiel compañero. Anoche salí lo justo: después del trabajo fui al bar de siempre, me tomé un té frío y volví a casa. Leí un poco ("Iacobus", de Matilde Asensi, la historia engancha y sólo son unas 300 páginas de lectura ligera, ideal para evadirse) y me fui a la cama. He soñado un montón de tonterías, lo cual interpreto como que no he dormido bien, pues me he despertado con frecuencia a lo largo de la noche. Al final he abierto un ojillo a las once y me he levantado a desayunar.
Anoche me tocó estirado. Las fiestas se hicieron notar, aunque los encargados esperaban más jaleo. Estuve desde las ocho y media hasta las once y media estirando sin parar y llené los carros de medianas y familiares varias veces. Como siempre que me toca estirado, me concentré en las masas y en mis asuntos y no hablé gran cosa, en plan hormiguita obrera. Después, hasta las doce que no finalizaba mi turno, ayudé un poco al cierre: barrí la cámara, limpié las bandejas del horno, limpié la mesa de estirado y barrí el suelo de la cocina. No es gran cosa, pero estaba muy cansada.
El jueves y el viernes estuve en Calanda (Teruel) picando caliza y removiendo marga como una loca, hasta me salieron dos ampollas en la mano del martillo. Al final la profesora decidió que la excursión del viernes sería al mismo lugar, para continuar con la tarea inacabada: terminar de levantar el perfil de detalle en los materiales toarcienses y terminar de muestrear para poder trabajar bien el material en el laboratorio. Entre los dos días sacamos unas 50 bolsas de fósiles de braquiópodos, fundamentalmente, con algunos restos de ammonites que, quizá, nos ayuden a precisar mejor la edad de los estratos. Ahora queda lo peor: limpiarlo todo y obtener resultados coherentes y conclusiones lógicas de todo ello. No sé qué pretende esta mujer: si dedicáramos el cien por cien de nuestro tiempo a su asignatura es fácil que tardáramos varias semanas en limpiar, ordenar, siglar y clasificar todos los restos. Pero no podemos dedicarle todo nuestro tiempo a su asignatura: sólo tres horas de prácticas a la semana y sólo somos cuatro alumnos, ¿se puede saber cómo cojones vamos a hacer todo el trabajo?
Cuando regresamos el jueves a Zaragoza eran ya las ocho y media de la tarde y tuve que ir corriendo al supermercado antes de que lo cerraran a comprarme la comida del día siguiente. Mi aspecto era asqueroso: mi ropa y mis manos estaban sucias de tierra y mis pelos estaban completamente alborotados y sucios tambien. Me cogí dos trozos grandes de empanada de atún y busqué los yogures de frutas que no necesitan frío, pero no los encontré. Así que fui a la caja con los trozos de empanada y la gente me miraba como si fuera una vagabunda. Para colmo, pagué con el dinero justo, porque no llevaba más que lo suelto y la cajera ni me dijo hola ni me dijo adiós, sólo contaba y recontaba las monedas. En el fondo fue gracioso.
El viernes llegamos mucho más cansados a Zaragoza y tarde también, pues apuramos otra vez hasta las siete en el yacimiento. Fui a casa directamente y no salí, aunque ya se percibía el ambiente fiestero por las calles.
Así que sigo arrastrando mi ánimo por las esquinas. Esta noche empiezo el turno a las nueve porque me toca el cierre a mí. Mañana iré a clase a las diez y por la tarde tengo prácticas igual, como si no fueran fiestas.
Esta tarde, antes de trabajar, me daré un paseo por los puestos de la Gran Vía y me compraré alguna chorradita. La oferta es de lo más variopinta: desde los típicos artículos de estilo 'hippie' (camisetas, bolsos, pañuelos, colgantes, pendientes, monederos, cinturones, etc.) hasta la artesanía exótica de la India, el Oriente Medio, África, Sudamérica... Pasando por los productos típicos regionales: quesos, jamones, conservas, vinos, etc., y otras cosas como juguetes, cuadros, joyas, cuero, objetos de decoración, etc. A ver si así me animo un poco. Corro el riesgo de caer en un consumismo compulsivo, pero creo que podré controlar las compras (mejor dicho: mi bolsillo controlará las compras, jeje).
Anoche fue el pregón: salen unos cuantos al balcón del Ayuntamiento, en la plaza del Pilar, entre ellos algún famoso aragonés (este año ha venido el dúo Amaral) con el alcalde (a más de uno le entrarían ganas de empujarlo balcón abajo, jaja) y sueltan el rollo contando lo bonita que es Zaragoza, las sorpresas que nos dará esta ciudad y lo estupendas que van a ser estas fiestas. Luego tiran cuatro petardos y pim pam pum, bocadillo de atún: se han inaugurado oficialemente las Fiestas del Pilar, ante una muchedumbre eufórica y próxima a un estado de embriaguez absoluta. Después de eso, la gente se despendola y se tira a los bares o a las casas regionales como loca: en ningún local cabe un alfiler y todo el mundo se apresura a emborracharse y a cebarse como si fuera el fin único y último de las fiestas.
Tras el pistoletazo de salida quedan nueve días de intensas actividades, más o menos culturales, organizadas con el fin de entretener al personal y que las vaya soltando, porque lo realmente positivo de las fiestas son los beneficios económicos que reportan, claro, especialmente para el sector servicios.
El punto álgido de la celebración se alcanza con la Ofrenda de Flores a la Virgen del Pilar: el día 12 de octubre se expone la Virgen en la plaza (una réplica, la de trapillo, vamos) en lo alto de un enorme armazón metálico y se va construyendo un gran manto escalonado con las flores que los fieles, embutidos en sus trajes regionales (tanto aragoneses como de otras comunidades y países), van depositando con tal fin, es decir: las floristerías hacen su agosto y su septiembre, su octubre, su noviembre, su dicimbre... La gente no compra cuatro claveles en el mercadillo, no, la gente se gasta verdaderos dinerales en coronas y ramos, cuanto más voluminosos y coloridos mejor. La Virgen queda preciosa, pero con todo ese dinero podrían hacerse cosas más necesarias, digo yo. Seguro que más de uno compra un coronón gigantesco para el manto de la Virgen, pero luego no es capaz de darle un miserable euro al gitanillo que le limpia el parabrisas en el semáforo. Paradojas de la religiosidad.

Aunque en este imagen no se ve (no he encontrado otra mejor), el manto de flores es mucho más grande.
A todos los que esta semana estáis en Zaragoza, felices Fiestas del Pilar, no os olvidéis del cachirulo y de ver a la Virgen con su inmenso (y caro) manto de flores.
Besinhos from Anita Bokeron.


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Alberto dijo
Ir a un descampado con el pico en mano a excavar (sobre todo siendo sólo cuatro pelagatos, si es un poco triste). Por lo demás, tampoco parece tan trágico lo que cuentas. Eso sí, aburrido tiene pinta un poco. Pero me resulta interesante, d todas formas!
Un saludo!
9 Octubre 2006 | 05:47 PM